La Señora de Maqueda doña Teresa Enríquez de Alvarado. La ciudad que soñó una mujer

Exposición sobre el Conde Romántico Luís Osorio de Moscoso y Borbón, XXI Conde de Cabra
22 abril, 2019

La mecenas Teresa Enríquez levantó a partir de 1503 la primera villa protorrenacentista de España, que el municipio toledano de Torrijos está recuperando de su abandono.

La muerte de su marido en 1503 la abocaba a ser recluida de por vida en un convento. Sus hijos esperaban el momento de recibir la enorme herencia que les correspondía. Pero Teresa Enríquez (1450-1529) -mecenas, coleccionista, impulsora de la medicina, culta, profundamente creyente, amiga de la reina Isabel, prima de Fernando el Católico– dijo no. Pleiteó contra sus vástagos y ganó. “Sufro el mal de madre”, se quejó su hijo Diego. La gran fortuna que poseía la dedicaría, a partir de entonces, a convertir en realidad su gran sueño: construir la primera villa protorrenacentista del reino, la Ciudad de Dios. La levantó sobre unas 25 hectáreas del actual casco urbano de Torrijos (hospitales, conventos, iglesias, palacios…). Todo siguiendo las técnicas arquitectónicas y sanitarias más modernas del momento. Hasta erigió el primer hospital higienista de España. Ahora, la consultora arqueológica Audema, la Escuela de Arquitectura de Toledo, el Ayuntamiento de Torrijos, la Diputación de Toledo y el Gobierno de Castilla-La Mancha han comenzado la recuperación de la figura de esta mujer y de uno de sus grandes edificios, el hospital de la Santísima Trinidad. Acogía a caminantes, prostitutas o huérfanos, estos últimos la gran debilidad de Enríquez. Será visitable en unas semanas.

Enríquez era una mujer que rompía los cánones femeninos de la época –fue enfermera durante la conquista de Granada- y que unió su fortuna –era hija del Almirante de Castilla- a la de su esposo, Gutierre de Cárdenas, contador de los Reyes Católicos y alcalde de Toledo. Era, además, amiga personal de Beatriz Galindo, maestra de Isabel I, y de Beatriz de Bobadilla, consejera de la reina.

Torrijos comenzó siendo en la Edad Media residencia de los reyes castellanos. Contaba con un pequeño alcázar-palacio erigido por Alfonso XI para conmemorar la victoria del Salado frente a los nazaríes. Estaba amurallado y a él se accedía por cuatro puertas. Pero con el tiempo pasó a manos del poderoso y cercano Cabildo de Toledo. En 1482 Gutierre de Cárdenas lo adquirió. En ese momento, la localidad no pasaba de ser un municipio de poco más de 500 habitantes en torno al alcázar, unos 200 de ellos encerrados en la judería. Sin embargo, a la muerte de su esposo, Enríquez vio la oportunidad de conferir al municipio un aspecto monumental.

La villa ducal que anhelaba la compondrían un palacio, dos hospitales, dos conventos, una colegiata… Tardó en levantarlos menos de 20 años. Para evitar su decadencia, los dotó de un sistema de financiación propio, lo que permitió que estos sobrevivieran casi inalterados hasta la Desamortización de Mendizábal de 1836. Las edificaciones se mantuvieron más o menos en buen estado hasta que a principios del siglo XX comenzaron a ser desmontadas. A partir de 1901, las principales joyas arquitectónicas de su sueño pusieron rumbo a museos y propiedades privadas de todo el mundo: el Museo Arqueológico Nacional de Madrid (MAN), el Victoria & Albert Museum de Londres, en el Museo de Honor de la Legión de San Francisco (EE UU) o el castillo de Villandry, en Francia, entre otros. Andres Carretero, director del MAN, recuerda que se logró que una parte del artesonado permaneciese en España. “En el museo se puede admirar la techumbre de estilo mozárabe del palacio de los Cárdenas”, explica.

La Ciudad de Dios en Torrijos


“Era famosa por dar ella misma de comer a los pobres que se iban acercando a su villa en los dos hospitales de Torrijos [Consolación y la Santísima Trinidad, del que solo se conserva el último] y que fueron levantados siguiendo criterios racionales modernos, que rompían con la tradición medieval”, explica Jorge Morín, director de Audema. “El de la Santisima Trinidad es, de hecho, el primer hospital higienista que se construye en España durante el reinado de los Reyes Católicos. Fue diseñado con una arquitectura que hacía pedazos los oscuros trazados medievales. Todo era luz y áreas de ventilación”, añade el arqueólogo.

Toda la obra de este hospital, salvo las crujías sur y oeste que son bajomedievales, gira en torno a un claustro renacentista. Al norte, al oeste y al sur, se extienden tres amplias estancias para atender a los enfermos, que estaban segregados por sexos. Un cirujano, un mayordomo y seis oficiales cuidaban diariamente de ellos.

Hospital de la Santísima Trinidad y capilla del Cristo de la Sangre

Durante el siglo XVI y posteriores la iglesia era la capilla del hospital, por lo que ambas edificaciones se correlacionan, compartiendo paramentos y distribución interna de espacios.

El edificio hospitalario -que superó el terremoto de Lisboa de 1755 aunque lo deformó e inclinó sus columnas- mantuvo su función hasta la invasión francesa de 1808. A partir de 1942 fue usado por las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que lo convirtieron en colegio. En 1976 se clausuró por ruina. El entonces arquitecto municipal, Rafael Lobato, ante el pésimo estado en que se encontraba, decidió reforzarlo con pilares de cemento y cinchas de hierro. Luego, echó el candado. Esta sorprendente acción permitió que el conjunto no se derrumbara y que haya llegado hasta la actualidad. Hace un par de semanas, los arquitectos lograron eliminar todos los refuerzos que colocó Lobato –tras introducir otros más modernos y acordes con la estética del hospital- y se mantiene sin problemas en pie.

José Ramón González de la Cal es uno de los arquitectos de la Escuela de Toledo que ha diseñado su recuperación. “Estaba a punto de hundirse. Hicimos un plan director para restaurarlo. El Ayuntamiento vendió unas parcelas y con ese dinero, en vez de invertirlo en tonterías, se pudo trabajar. Más de 4.000 personas ya han visitado las obras, porque el pueblo está muy implicado en su historia”, recuerda.

Para González de la Cal, el hospital “cuenta la historia de una corte femenina que propugna la monumentalidad”. “Enríquez”, añade, “es un personaje notable que emplea arquitectos que diseñan un edificio protorrenacentista en la que se mezclan elementos góticos con las nuevas corrientes que llegan de Italia, pero que nunca han visto personalmente, por lo que tocan de oído. Se inventan el estilo. Por eso, los órdenes constructivos no están claros en las obras de Enríquez. Simulan nervaduras góticas, pero no lo son en esencia”.

El Ayuntamiento de Torrijos, hace poco menos de dos años, logró una ayuda de la Unión Europea de unos 400.000 euros para recuperar el hospital. El concurso fue ganado por dos empresas locales (EPC y TMR), que formaron una UTE. En poco más de un año desmontaron las medianeras que se alzaron para convertir el edificio en un colegio, levantaron los suelos modernos, recuperaron las columnas del claustro, reconstruyeron el tejado, llevando a cabo labores de consolidación de la estructura… “Pero queda mucho por hacer”, señala Morín. “Son solo las obras de consolidación y excavación arqueológica”.

En los trabajos se han hallado yeserías originales, zócalos, azulejos, una bodega con tinajas y hasta una posible sinagoga, ya que el hospital fue construido sobre una antigua judería que habitaban unas 200 personas. Se ha encontrado, incluso, un solado con una estrella de David y se cree haber localizado el nicho de la Torá, el lugar donde los judíos colocaban su libro sagrado. Pero ahora esa parte del edificio está tapada por una escalera levantada en el siglo pasado. Y hasta un grafito de un trabajador que representa claramente la torre de la Colegiata. “Se aburriría y empleó el tiempo dibujando lo que veía desde la parte alta del hospital”, señala Morín.

Pero no fue este el único edificio monumental que levantó o amplió Enríquez. Sobre uno que su esposo había ordenado construir, erigió su residencia, el Palacio de Altamira. Se articulaba alrededor de un gran patio cuadrado y en las plantas superiores se ubicaban salones con artesonados que fueron desmontados por completo entre 1901 y 1904.

Arriba, el ala norte del hospital de la Santísima Trinidad donde se atendía a los enfermos separados por sexos. Tenía dos pisos, pero se ha perdido el superior. En la restauración se ha recuperado solo un trozo de aquel para que los visitantes se puedan hacer una idea de las proporciones de la sala. Abajo a la izquierda, portada de la colegiata del Santísimo Sacramento. Está atribuida a Antón y Enrique de Egas. A su derecha, desde arriba, el patio renacentista del hospital de la Santísima Trinidad; un cantero restaura uno de las columnas del patio y el fresco de la Última Cena que decoraba el refectorio del convento franciscano de la Purísima Concepción, actualmente el Ayuntamiento de Torrijos. RICARDO GUTIERREZ / R. G

Fernando de Miguel, concejal de Cultura de Torrijos, explica que “el palacio se mantuvo hasta principios del XX, pero los herederos lo trocearon en cuatro partes y las vendieron al mejor postor. La portada, por ejemplo, está en la iglesia-capilla del castillo de Alamín en Santa Cruz de Retamar (Toledo)”.

Pero la gran obra arquitectónica de Enríquez en Torrijos fue la impresionante colegiata en honor al Santísimo Sacramento (1518). La dotó de una renta perpetua, lo que la convirtió en una de las más ricas de España. El templo, levantado junto al palacio, contaba con un pasadizo que desembocaba en el presbiterio, pero también fue demolido a principios del XX.

Las portadas de esta edificación se atribuyen a Antón y Enrique de Egas, con la posible colaboración de Alonso de Covarrubias. De estilo gótico flamígero, su gran fachada entremezcla instrumentos musicales, notas, partituras y spolias andalusíes; es decir esculturas, relieves o frisos procedentes de otros edificios. Enríquez era una gran aficionada a coleccionar obras nazaríes. En la nave principal del templo se localiza el sepulcro renacentista de la mecenas y su esposo.

Enríquez ordenó también construir el convento de franciscano de la Purísima Concepción sobre un antiguo alcázar medieval de época de Alfonso XI. Pero durante la Guerra de la Independencia los franceses le prendieron fuego y se perdió gran parte de su volumen original, ahora ocupado por una plaza. En 1970, lo que quedaba del cenobio fue abandonado también dada su situación ruinosa. Las obras arquitectónicas de esta mujer ya no soportaban más el paso del tiempo. El Ayuntamiento, no obstante, consiguió recuperarlo parcialmente y ahora es sede del Consistorio. En su interior se conservan la Sala del Refectorio -donde se guarda un fresco que representa a Enríquez- la Sala Capitular y la antigua iglesia.

El Ayuntamiento ha editado ahora un folleto explicativo de lo que se ha venido haciendo en los últimos años. En su primera página se puede leer: “En una época de apertura y cambios, la determinación de una mujer dio forma a un Torrijos como villa moderna. El sueño de una mujer”.

EMPAREDADA Y DE PIE

Cuerpo de Teresa Enríquez, conservado en el monasterio de las Monjas Concepcionistas de Torrijos (Toledo).

El Ayuntamiento, en 2018, comenzó un proyecto de recuperación de la memoria de la mecenas. “Nos propusimos rescatar su figura, muy unida tradicionalmente al mundo religioso [está en proceso de beatificación y el papa Julio II la llamaba la ‘Loca del Sacramento’] pero ella era mucho más. Una mujer excepcional que creaba escuelas para músicos o médicos, algunos de cuales terminaron ejerciendo en América”, señala el concejal Fernando de Miguel. En los últimos años de vida. Enríquez adoptó una vida monacal y pidió ser emparedada en el Monasterio de Santa María de Jesús (también derribado por las tropas napoleónicas). Enríquez falleció el 4 de marzo de 1529, pero antes había dejado escrito: “Suplico con humildad que después de mi fallecimiento y funerales, como dejo ordenado en mi testamento, saquen mi cuerpo de la bóveda adonde estuviere, y con toso secreto se ponga en nicho de pared cerrado: de modo que no se ponga señal alguna por donde está”. El 7 de enero de 1688, un religioso descubrió el ataúd. Estaba de pie, como había ordenado, sin tapa, empotrado en la pared y mostraba los restos incorruptos de la mujer. Finalmente, el cuerpo fue trasladado al convento de las Hermanas Concepcionistas, donde ahora está el Ayuntamiento. Como en 1974, este cenobio también tuvo que ser cerrado por su mal estado, el cuerpo se trasladó a un convento moderno a las afueras. “Su cuerpo incorrupto, que se puede contemplar, es un perfecto reflejo de lo que fue. Fue criticada porque la enterraron con un traje de terciopelo rojo, una tela carísima en la época y que rompía su imagen de mujer alejada de las riquezas. Lo que se descubrió después es que bajo ese traje que mostraba su coquetería ocultaba los hábitos de una humilde monja. Una mujer excepcional”, concluye Morín.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2020-04-05/la-ciudad-que-sono-una-mujer.html

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